Un ruido hizo temblar las paredes, tiró los cuadros como si le dolieran y movió los muebles de mi habitación, mientras afuera llovían tristezas de algún gigante. La biblioteca se cayó entera, revoleando libros por todos lados, a la vez que los portarretratos corrían aterrados por el enorme peso que la madera dejaría caer sobre ellos. Muchos escaparon. Otros quedaron a mitad del camino, con un vidrio partido y medio cuerpo enterrado. Un rayo golpeó a mi antena, entró a mi casa por la pared sin el menor recaudo. Lo sentía correr entre los ladrillos, y al apoyar mi oreja en el frío revoque que los cubría lo escuché golpearse contra todos los recuerdos que, alguna vez, dejé escondidos dentro de estas cuatro paredes. El rayito, como toda descarga eléctrica de su especie, no paraba de moverse, hasta que al fin vio entrar una luz por un agujerito y pudo salir. Salió disparado del enchufe y pasó corriendo frente a mi cara, como si hubiera estado encerrado ahí dentro por miles de años. Al choca...