Acostarme en mi alfombra, abrir la ventana de par en par, poner las piernas sobre el marco ya despintado y mirar el cielo a través de las rejas, dejando que las gotas salpiquen mi cara, que salten para todas direcciones. Sentir el viento, las peleas de mis vecinos, escuchar el ruido que hacen sus platos al apilarse, los metales de los cubiertos al chocarse entre sí. Abrigarme con los ruidos de las plantas pronosticando una tormenta inminente, proclamando suya la noche bajo un manto de cielo rojo y un aire a otra época que empapa mi boca de luz, de esas farolas enormes que se imponen en el paisaje natural, desafiando todo tipo de anacronismo que pueda llegar a imaginar. Sentir una música lejana, un viejo Jazz que recae sobre mi pelo húmedo de lagrimas, y se jacta de erizar mi piel a su paso, tan lento como escurridizo, bajo mis pies, mis manos, mi espalda... Nada me gusta más que eso; sentir que todavía vivo, que todavía me fascina un sonido, un silencio, un halo de luz que se posa sobr...