¡Clip! ¡Clop! ¡Clip! ¡Clop!, escuchaba las gotas que golpeaban sobre el ángulo filoso del marco de la ventana principal.
Ella seguía aburrida, mirando hacía horas esas partes minúsculas de agua que caían frente a su nariz y generaban una gran variedad de estilos musicales. Había perdido la cuenta del tiempo, se había adentrado a otro mundo, pensando la intensidad de caída de la lluvia, el peso de las gotas que parecían cada vez más gruesas y los dibujos que esos pequeños charquitos formaban a su paso. El reloj daba las cinco de la tarde, y el sonido la devolvió a Martina de su sueño despierto. Buscó en su placard un piloto, el más viejo que tuviera. Se lo puso, se subió el cuello lo mas alto que pudo y se tomó un taxi en Pueyrredón y Arenales.
Como cada tarde de viernes, Martina viajaba hasta el museo. Pasaba por la recepción, mostraba su tarjeta, tomaba su entrada y subía por la interminable escalera mecánica que parecía llevarla de la tierra al cielo, sin ningún tipo de escala. Doblaba a su izquierda, caminaba unos pasos y entraba despreocupada por ese enorme hueco arrogante que se creía una puerta. La mayoría de las veces se metía en el cubículo oscuro y veía una película en blanco y negro, adoraba ver esas pequeñas líneas que el tiempo dejaba en las cintas; otras veces se sentaba en la mesa repleta de pantallas, se ponía los auriculares y se quedaba horas sentada, escuchando piezas de Arrau y de Viñes, sola y lejos de todo; lejos del tiempo.
Leyó la lista de Films que pasaban ese día. Decidió quedarse a ver “Luces de la Ciudad”, y se sentó en la segunda fila empezando desde adelante. Como siempre.
**
"Algunas de estas tormentas podrían ser localmente fuertes o severas,pudiendo estar acompañadas de ráfagas, abundante caída de agua y caída de granizo"- decía el locutor de la radio, y Lucas se preocupaba, todavía le quedaba la mitad de su jornada por delante y si esta lluvia empeoraba todo se le complicaría el doble. Frenó su auto contra el cordón de la vereda, sentía una presión en el pecho, como si miles de elefantes desfilaran desde su cabeza hasta la boca de su estomago, y se echaran una siesta en él. Bajó a tomar un poco de aire, a tratar de recobrar su estado y de a poco logró normalizar su respiración y su ritmo cardíaco (que había aumentado a mil). Reconoció a una cuadra al museo, aquel al que solía ir religiosamente todos los viernes en sus años de estudiante universitario. Caminó la interminable cuadra y se paró por algunos minutos bajo la lluvia, frente al edificio . Recordó en un segundo esa sensación de bienestar, de tranquilidad que le originaba entrar allí, a ese edificio-laberinto, de paredes completamente blancas, de cuadros, esculturas y objetos colgados por todas partes. No lo dudó mas, necesitaba calmarse, volver a sentirse libre, y con las gotas que amenazaban con entrar por el cuello de su camisa rosa y sus zapatos cada vez más empapados le fue fácil tomar la decisión.
Pasó por la recepción, pagó su entrada y subió por esa interminable escalera mecánica, que pareció llevarlo de la tierra al cielo, sin ningún tipo de escala. Dobló a su izquierda y entró por ese enorme hueco arrogante que se creía una puerta.
Quiso ver una película, de esas en blanco y negro, pero estaban pasando una de Chaplin, y la verdad es que el cine mudo nunca fue su fuerte. Desfiló por entre los pasillos, esquivando esculturas y bancos tallados a mano, observó los cuadros y tocó fascinado el relieve que una sobrecarga de óleo había dejado sobre un lienzo, y buscaba en la mirada de los personajes un signo de compasión que lo llevara a pensar que comprendía el porqué de ese rostro, de ese sufrimiento colectivo que le denotaban los negros del cuadro "Candombe".
Volvió a la sala de cine, pero se sentó afuera, en la mesa de las pantallas. Se puso los auriculares y seleccionó un tema que nunca en su vida había escuchado, un tango extraño, compuesto por un uruguayo de apellido Ferrer.
El museo estaba casi vacío; a su derecha tenía a una señora entrada en años que intentaba descifrar el uso de ese aparato extraño que Lucas movía y que ella, de reojo, espiaba para descubrir su utilidad. Así se pasó el tiempo, sin que Lucas se diera cuenta.
**
La sala de cine se vació cuando el film llegó a su fin. Martina salió caminando como haría cualquier otro viernes. Lucas dejó los auriculares en su lugar, mientras sonaba un tema de Garner. Martina pasó por un costado y rozó el brazo de Lucas con una delicadeza de porcelana.
Él la miró fascinado y ella no pudo pronunciar ni un perdón. Siguieron su camino. Esa misma tarde solo pensaron en la posibilidad de que sus relojes se hubieran detenido por un momento; en una suspensión parcial del espacio.
Y eso es todo lo que ellos podrían llegar a compartir, tan solo un instante, que le robaron celosamente al tiempo.
Ayelén M. Cosentino
Ella seguía aburrida, mirando hacía horas esas partes minúsculas de agua que caían frente a su nariz y generaban una gran variedad de estilos musicales. Había perdido la cuenta del tiempo, se había adentrado a otro mundo, pensando la intensidad de caída de la lluvia, el peso de las gotas que parecían cada vez más gruesas y los dibujos que esos pequeños charquitos formaban a su paso. El reloj daba las cinco de la tarde, y el sonido la devolvió a Martina de su sueño despierto. Buscó en su placard un piloto, el más viejo que tuviera. Se lo puso, se subió el cuello lo mas alto que pudo y se tomó un taxi en Pueyrredón y Arenales.
Como cada tarde de viernes, Martina viajaba hasta el museo. Pasaba por la recepción, mostraba su tarjeta, tomaba su entrada y subía por la interminable escalera mecánica que parecía llevarla de la tierra al cielo, sin ningún tipo de escala. Doblaba a su izquierda, caminaba unos pasos y entraba despreocupada por ese enorme hueco arrogante que se creía una puerta. La mayoría de las veces se metía en el cubículo oscuro y veía una película en blanco y negro, adoraba ver esas pequeñas líneas que el tiempo dejaba en las cintas; otras veces se sentaba en la mesa repleta de pantallas, se ponía los auriculares y se quedaba horas sentada, escuchando piezas de Arrau y de Viñes, sola y lejos de todo; lejos del tiempo.
Leyó la lista de Films que pasaban ese día. Decidió quedarse a ver “Luces de la Ciudad”, y se sentó en la segunda fila empezando desde adelante. Como siempre.
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"Algunas de estas tormentas podrían ser localmente fuertes o severas,pudiendo estar acompañadas de ráfagas, abundante caída de agua y caída de granizo"- decía el locutor de la radio, y Lucas se preocupaba, todavía le quedaba la mitad de su jornada por delante y si esta lluvia empeoraba todo se le complicaría el doble. Frenó su auto contra el cordón de la vereda, sentía una presión en el pecho, como si miles de elefantes desfilaran desde su cabeza hasta la boca de su estomago, y se echaran una siesta en él. Bajó a tomar un poco de aire, a tratar de recobrar su estado y de a poco logró normalizar su respiración y su ritmo cardíaco (que había aumentado a mil). Reconoció a una cuadra al museo, aquel al que solía ir religiosamente todos los viernes en sus años de estudiante universitario. Caminó la interminable cuadra y se paró por algunos minutos bajo la lluvia, frente al edificio . Recordó en un segundo esa sensación de bienestar, de tranquilidad que le originaba entrar allí, a ese edificio-laberinto, de paredes completamente blancas, de cuadros, esculturas y objetos colgados por todas partes. No lo dudó mas, necesitaba calmarse, volver a sentirse libre, y con las gotas que amenazaban con entrar por el cuello de su camisa rosa y sus zapatos cada vez más empapados le fue fácil tomar la decisión.
Pasó por la recepción, pagó su entrada y subió por esa interminable escalera mecánica, que pareció llevarlo de la tierra al cielo, sin ningún tipo de escala. Dobló a su izquierda y entró por ese enorme hueco arrogante que se creía una puerta.
Quiso ver una película, de esas en blanco y negro, pero estaban pasando una de Chaplin, y la verdad es que el cine mudo nunca fue su fuerte. Desfiló por entre los pasillos, esquivando esculturas y bancos tallados a mano, observó los cuadros y tocó fascinado el relieve que una sobrecarga de óleo había dejado sobre un lienzo, y buscaba en la mirada de los personajes un signo de compasión que lo llevara a pensar que comprendía el porqué de ese rostro, de ese sufrimiento colectivo que le denotaban los negros del cuadro "Candombe".
Volvió a la sala de cine, pero se sentó afuera, en la mesa de las pantallas. Se puso los auriculares y seleccionó un tema que nunca en su vida había escuchado, un tango extraño, compuesto por un uruguayo de apellido Ferrer.
El museo estaba casi vacío; a su derecha tenía a una señora entrada en años que intentaba descifrar el uso de ese aparato extraño que Lucas movía y que ella, de reojo, espiaba para descubrir su utilidad. Así se pasó el tiempo, sin que Lucas se diera cuenta.
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La sala de cine se vació cuando el film llegó a su fin. Martina salió caminando como haría cualquier otro viernes. Lucas dejó los auriculares en su lugar, mientras sonaba un tema de Garner. Martina pasó por un costado y rozó el brazo de Lucas con una delicadeza de porcelana.
Él la miró fascinado y ella no pudo pronunciar ni un perdón. Siguieron su camino. Esa misma tarde solo pensaron en la posibilidad de que sus relojes se hubieran detenido por un momento; en una suspensión parcial del espacio.
Y eso es todo lo que ellos podrían llegar a compartir, tan solo un instante, que le robaron celosamente al tiempo.
Ayelén M. Cosentino
Comentarios
siempre te firmo un miercoles
y te digo que tengas exitos en el parcial de psico, que yo lo voy a necesitar porque no estudie nada jajaj. de-ja-vú
Me gusto mucho la narración y además mucho todo el clima que fuiste generando con la lluvia y las imágenes de los dos.
Me cayeron realmente simpáticos los dos personajes principales y tiene todo un encanto.
Gran narración, gran cuento.
Hoy estoy romántico, realmente espero que le puedan robar el tiempo al mundo. Que se vuelvan a encontrar.
Besos, saludos y gracias por tus comentarios que siempre son muy bien recibidos y apreciados.
Besos.
Saludos.