Un ruido hizo temblar las paredes, tiró los cuadros como si le dolieran y movió los muebles de mi habitación, mientras afuera llovían tristezas de algún gigante. La biblioteca se cayó entera, revoleando libros por todos lados, a la vez que los portarretratos corrían aterrados por el enorme peso que la madera dejaría caer sobre ellos. Muchos escaparon. Otros quedaron a mitad del camino, con un vidrio partido y medio cuerpo enterrado.
Un rayo golpeó a mi antena, entró a mi casa por la pared sin el menor recaudo. Lo sentía correr entre los ladrillos, y al apoyar mi oreja en el frío revoque que los cubría lo escuché golpearse contra todos los recuerdos que, alguna vez, dejé escondidos dentro de estas cuatro paredes. El rayito, como toda descarga eléctrica de su especie, no paraba de moverse, hasta que al fin vio entrar una luz por un agujerito y pudo salir. Salió disparado del enchufe y pasó corriendo frente a mi cara, como si hubiera estado encerrado ahí dentro por miles de años. Al chocar contra el techo consiguió el impulso que necesitaba para golpear el piso y escaparse de mí por debajo de la puerta. Salí corriendo a buscarlo, no se me podía escapar. Se fue por el pasillo, subió a la pared por el radiador, y se escondió un rato entre las molduras del marco de la ventana. La última vez que creí verlo se había metido por la ranura de una puerta sin llave, donde dos señoras vestidas de azul se disponían a velar al difunto marido. La esposa lloraba tantas lágrimas –de esas de gotas gruesas–, que ni siquiera notó al rayito. La otra, la amante, lo vio entrar y dar vueltas por la habitación pero no dijo ni "Mu" (aunque por dentro pensaba que era él, que había vuelto para despedirse de ella).
Cuando ya me había decidido a darlo por perdido lo vi tirado en la esquina de la habitación. En la oscuridad estaba el rayito jadeante, peludo y chiquito como una oruga. Su pelo de mil colores ya no brillaba como antes y sus ojitos me miraban con la culpa de quien escapa por costumbre. Su silencio retumbaba por toda la habitación.
Como mis hijos quedaron en mi vida pasada y aun no los pude traer, me propuse adoptar al rayito, que ahora vive en mi antena.
A veces, cuando siento a mis muebles moverse y escucho temblar las paredes, se que viene a visitarme. Y de vez en cuando me trae un recuerdo de regalo, de esos que solía dejar escondidos entre los ladrillos y el revoque de mis cuatro paredes celestes.
Un rayo golpeó a mi antena, entró a mi casa por la pared sin el menor recaudo. Lo sentía correr entre los ladrillos, y al apoyar mi oreja en el frío revoque que los cubría lo escuché golpearse contra todos los recuerdos que, alguna vez, dejé escondidos dentro de estas cuatro paredes. El rayito, como toda descarga eléctrica de su especie, no paraba de moverse, hasta que al fin vio entrar una luz por un agujerito y pudo salir. Salió disparado del enchufe y pasó corriendo frente a mi cara, como si hubiera estado encerrado ahí dentro por miles de años. Al chocar contra el techo consiguió el impulso que necesitaba para golpear el piso y escaparse de mí por debajo de la puerta. Salí corriendo a buscarlo, no se me podía escapar. Se fue por el pasillo, subió a la pared por el radiador, y se escondió un rato entre las molduras del marco de la ventana. La última vez que creí verlo se había metido por la ranura de una puerta sin llave, donde dos señoras vestidas de azul se disponían a velar al difunto marido. La esposa lloraba tantas lágrimas –de esas de gotas gruesas–, que ni siquiera notó al rayito. La otra, la amante, lo vio entrar y dar vueltas por la habitación pero no dijo ni "Mu" (aunque por dentro pensaba que era él, que había vuelto para despedirse de ella).
Cuando ya me había decidido a darlo por perdido lo vi tirado en la esquina de la habitación. En la oscuridad estaba el rayito jadeante, peludo y chiquito como una oruga. Su pelo de mil colores ya no brillaba como antes y sus ojitos me miraban con la culpa de quien escapa por costumbre. Su silencio retumbaba por toda la habitación.
Como mis hijos quedaron en mi vida pasada y aun no los pude traer, me propuse adoptar al rayito, que ahora vive en mi antena.
A veces, cuando siento a mis muebles moverse y escucho temblar las paredes, se que viene a visitarme. Y de vez en cuando me trae un recuerdo de regalo, de esos que solía dejar escondidos entre los ladrillos y el revoque de mis cuatro paredes celestes.
Comentarios
Por todo lo demás todo el relato se me hizo muy tierno, lo leí con una sonrisa en la cara.
Besos.
Me puse al día.
Perdona si mis comentarios son medios tontos, pero me gustan mucho tus relatos; y eso para el que escribe (Yo lo sé) es impagable.
Besos de nuevo.
voy seguir investigando tu blog queriada aye, ilikeit